miércoles, 24 de septiembre de 2014

ARCO IRIS EN LA NOCHE - Édgar Omar Avilés


ARCO IRIS EN LA NOCHE
Édgar Omar Avilés


—¡Extra, extra, Dios ha muerto, Dios ha muerto! —gritaba con voz ahogada el viejecillo alemán que había llegado a extinguir sus últimos años al asilo municipal. Para ganarse unos centavos, hizo trato con el dueño de un puesto de revistas para ofrecer en el asilo los periódicos que no se le vendieran por la mañana.
Mi amigo y yo detuvimos nuestros pasos para comprar un ejemplar. Tomamos un respiro hondo. Cuando saqué de la bolsa de mi pantalón un par de monedas, la foto de Marianela salió junto con ellas. Suspiré al recordar lo buena y lo bella que fue antes de que el cáncer la convirtiera en todo aquello que no debe ser la vida. Le di un beso y con mucho cuidado la volví a meter al saquito de franela que usaba por cartera.
Ya sentados en una desvencijada banca del jardín del asilo, acomodamos los bastones y me coloqué los lentes. Uno de los cristales se había estrellado días atrás, pero aún me era posible leer las letras grandes. Las palomas, siempre gordas como pollos, comían de los granos que algún otro les había aventado.
—Me da gusto, tenía siglos enfermo. Creo que por eso no había podido hacer nada por la humanidad desde hacía tanto —le dije a mi amigo con mucha seguridad. Como pueden suponer, en realidad el periódico no hablaba de eso. El alemán siempre inventaba titulares.
—Morir es bueno. Quizás en el Otro Mundo yo recupere la vista…
—Sí, es posible… —hice un silencio para tragar saliva—. En la nota dice que por eso últimamente los truenos de las tormentas se escuchaban cada vez más terribles. Eran los gritos de dolor del pobre de Dios.
Mi amigo ya no recordaba su nombre, ni si tuvo alguna vez algún familiar. Platicarle las noticias de ocho columnas inventadas por el alemán era mi forma de regalarle y regalarme un poco de magia entre tanta realidad.
Hacía meses que no llovía. Creo que se hablaba de una sequía planetaria producto de algunos abusos de la humanidad. Continuando con uno de los titulares inventados del alemán, en varias ocasiones aproveché para contarle de lluvias torrenciales y de truenos tremendos mientras estábamos resguardados en el bunker, protegiéndonos de los bombardeos. Afortunadamente para él, además de ciego, había perdido mucho de sus capacidades mentales. En realidad, la mitad de los viejos del asilo estaban ya bastante locos.
—Al final de la nota dice que ahora Dios es un fantasma. Que no puede hacer nada por el mundo real, pero ahora es todopoderoso en el mundo de los sueños —la luz del ocaso hechizaba con sombras gigantes todo el asilo.
Se quedó con la boca abierta, como imaginando algo hermoso. Luego sacó un par de paletas de azúcar quemada y me ofreció una. La acepté con mucho gusto. Mientras saboreábamos nuestras paletas, se deslizó un silencio como hojarasca, que aprovechamos para disfrutar los aleteos de lechuzas y los chillidos de ratas que el viento resoplaba. Miré el reloj. Ya era muy noche. Faltaba poco para que la enfermera, enojada, viniera por nosotros si no regresábamos por nuestra propia cuenta. Estaba por indicarle que ya nos retiráramos, cuando señaló algo:
—Mira, mira… —dijo. Yo seguí su dedo hasta dar con un arco iris que nacía bajo una Luna casi llena. Los viejecitos salían de todas partes para bañarse con aquella luz, brincando con fuerzas nuevas, con pieles planchadas y pantaloncillos cortos.
—¿Pero qué demonios sucede…? —pregunté en un balbuceo.
—Quizás, Édgar querido, llegaste al estado de locura de los otros viejos del asilo —me dijo Marianela que ahora estaba a mi lado. Sin comprender su presencia ni nada de lo que estaba pasando, la abracé sollozando, sintiendo entre miedo y alegría.
Tras un par de minutos, casi por instinto regresé la mirada al periódico. Me acomodé los lentes y me dispuse a leer aunque las letras no fueran muy grandes, pues en los verdaderos titulares informaban que un avión había lanzado bombas y metralla en un asilo. Pero ella me pidió con la mirada que no lo hiciera.
—Tienes razón: no vale la pena saber si ese asilo es o no es éste… —dije apretándole la mano.
—O quizás ahora estás dormido o eso que has llamado vida era el sueño de otra cosa, y entonces el fantasma de Dios… —me respondió sonriendo. Completó la frase con sus ojos iluminados de Luna.

—¿Sabes?, no hay nada más hermoso que un arco iris en la noche —susurré mientras me abrazaba con ternura.



Acerca del autor:

Édgar Omar Avilés (Morelia, Michoacán, 1980) es autor de los libros de cuentos No respiramos: Inflamos Fantasmas (Posdata Editores/INBA, 2014), Cabalgata en Duermevela (Tierra Adentro, 2011. Premio Nacional de Cuento Joven Comala); Luna Cinema (Tierra Adentro, 2010. Premio Nacional de Cuento de Bellas Artes San Luís Potosí); Embrujadero (Secum, 2010. Premio Michoacán de Libro de Cuento Xavier Vargas Pardo); La Noche es Luz de un Sol Negro (Ficticia, 2007. Mención  honorífica en el Premio Nacional de Libro de Cuento Agustín Yáñez). De la novela Guiichi (Progreso, 2008). y del libro de ensayo La VALÍStica de la realidad (Secum, 2012; Premio Michoacán de Ensayo María Zambrano). Es antologador de Antes de que las letras se conviertan en arañas (IMC, 2006) y Bella y brutal urbe (Resistencia, 2013). Es licenciado en comunicación por la UAM y maestro en Filosofía de la Cultura por la UMSNH.



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