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miércoles, 29 de octubre de 2014

MARX ANTE LA PRAXIS ALUCINATORIA: LOCURA, IDEALISMO FILOSÓFICO Y FORMALISMO CAPITALISTA - David Pavón Cuéllar


MARX ANTE LA PRAXIS ALUCINATORIA: LOCURA, IDEALISMO FILOSÓFICO Y FORMALISMO CAPITALISTA 

Intervención en la Jornada sobre Locura y Creación, con Nadir Lara Junior. Espacio Multidisciplinario para el Aprendizaje de las Humanidades (EMAH), Morelia, Michoacán, sábado 4 de octubre 2014

David Pavón-Cuéllar
En un pasaje de La Sagrada Familia, Marx y Engels describen lo que ellos mismos llaman “la forma general de la locura”. Su descripción aspira explícitamente a la generalidad. Pretende aplicarse, por lo tanto, a cualquier tipo de enloquecimiento. En todos los casos, la locura sería, según Marx y Engels, “el estado en que cae el hombre aislado del mundo exterior”. Este aislamiento haría que el “mundo sensible”, el mundo material que podemos captar por los sentidos, se transformara en “simple idea”, lo cual, a su vez, haría que “las simples ideas se transformaran en seres sensibles”. En otras palabras, que son también las de Marx y Engels, “las alucinaciones del cerebro adquieren formas visibles, casi palpables, de fantasmas sensibles”.
Vemos que Marx y Engels distinguen tres momentos en el proceso que desemboca en la locura. Primero el aislamiento con respecto al mundo exterior material y sensible, después la reducción de este mundo a simples ideas y finalmente la transformación de las ideas en seres sensibles, tan sensibles como el mundo exterior, pero desprovistos de materialidad. Estos seres sensibles inmateriales corresponden a las alucinaciones en el sentido estricto del término. Son seres que podemos captar con los sentidos, que somos capaces de ver y escuchar, casi tocar, pero que no existen realmente en el mundo exterior material. Su existencia es ideal, ya que no estriba sino en las ideas que adquieren una forma sensible, audible y visible, como si fueran cosas y no ideas.
Cabe decir que el loco, tal como se lo representan Marx y Engels, vive en un mundo de ideas, en el mundo mismo de las ideas, en el topus uranus de Platón. En este mundo ideal, las ideas abarcan todo lo que hay. Y no sólo se captan con el intelecto, sino también con los sentidos. No sólo se deliran, sino que también se alucinan. Constituyen, paradójicamente, ideas sensibles y no sólo inteligibles. Un loco ve y oye ideas, mira y escucha sus pensamientos, alucina sus delirios.
Para Marx y Engels, un loco es un idealista como cualquier otro: como aquellos filósofos especulativos que alucinan entes ideales en lugar de percibir las cosas materiales, pero también como los capitalistas y sus ideólogos, los economistas liberales ingleses, quienes remplazan el mundo material, el del hambre y la miseria, el de la vida real de los trabajadores en carne y hueso, por abstracciones formales como cifras y estadísticas, precios y salarios, cantidades y dividendos. El ideólogo del capitalismo es un loco de atar, un idealista consumado, que imagina tazas de ganancia e índices de crecimiento ahí en donde sólo hay cosas tan materiales como la vida, el trabajo, la explotación, la frustración, el sufrimiento. Ahí en donde no hay más que hombres y mujeres inmolando sus vidas al sistema, el idealista del capitalismo delira y alucina plusvalías, piensa y percibe inversiones rentables, números que se tornan cosas que a su vez cobran una extraña vida que les permite moverlo todo, arreglarlo todo, responsabilizarse de todo, como si fueran los sujetos, agentes, causantes de todo lo que ocurre.
Los idealistas hacen que las ideas tengan movimiento propio y sean aquello por lo que se ve movido el mundo material. Para el economista liberal, como para el tecnócrata neoliberal, la riqueza, o más bien una idea formal y abstracta de la riqueza, consigue bastarse a sí misma para generar más riqueza, crear empleos, asegurar bienestar, cambiar la sociedad, mover a México. De igual modo, para un filósofo idealista como Hegel, el espíritu es capaz de animar a los pueblos, gobernar como Estado y hacer la historia de la humanidad.
Tanto en el formalismo capitalista como en el idealismo filosófico, el polo activo, práctico, está en las ideas y no en las cosas materiales. El mundo y sus habitantes no se mueven aquí por sí mismos, sino que son movidos por dioses y conceptos, por supersticiones y explicaciones, por dogmas y razones, por lo que se cree y por lo que se piensa. Todo esto da lugar a teorías delirantes que sólo pueden llegar a desenvolverse y concretarse prácticamente a través de una verdadera praxis alucinatoria. La alucinación realiza lo que no puede ni vivirse ni hacerse.
A falta de un mundo externo material en el que podamos luchar por nuestros deseos, nos damos el gusto de soñar su inmediata realización y satisfacción en el mundo interno inmaterial. Este mundo no exige luchar por ideas que se realizan con tan sólo pensarlas. El idealismo filosófico y económico nos permite así alegorizar, escenificar y representar de forma sensible una infinidad de ideas que nos vienen a la mente. Sin embargo, y éste es el punto importante, el mismo idealismo impide pensar aquellas ideas que sólo pueden pensarse a través del gesto, la acción, la lucha, la praxis materialista y no alucinatoria.
Desde el punto de vista de Marx y Engels, la praxis materialista difiere claramente de la praxis alucinatoria en la que vemos coincidir a locos y cuerdos, a economistas y filósofos, pero también a teólogos y psicólogos. Todos ellos dan una forma sensible a sus ocurrencias inteligibles, mientras que un luchador social o político descubre nuevas ideas, nuevas entidades inteligibles, en la materialidad sensible del mundo en el que se hunde a través de su praxis. Esta materialidad, siempre tan llena de ideas nuevas que sólo ahí se encuentran, es aquello que faltaría en la praxis alucinatoria de los locos y de otros idealistas. Unos y otros alucinarían lo que ya conocen, lo que está en ellos, en lugar de conocer algo nuevo que no está en ellos, sino fuera, en la mayor mina de ideas que exista, en las entrañas del mundo en las que sólo puede profundizarse al hundirnos en lo que nos rodea a través de una acción transformadora.
El interior del mundo sería lo desconocido en el idealismo psicótico al igual que en el filosófico y el económico. Parecería entonces que ambos idealismos son equivalentes, incluso idénticos para Marx y Engels, pero en realidad no lo son. Un loco tiene la suerte de no ser igual a un cuerdo idealista. El cuerdo sólo consigue dar una forma sensible a las bien conocidas ideas que expresan claramente sus necesidades e intereses de clase, mientras que el loco tiene muchas otras ideas que escapan al ámbito de la necesidad y del interés, que a menudo se liberan de sus determinaciones clasistas y que manifiestan deseos desconocidos, insospechados, inconfesables e incluso inimaginables entre los cuerdos.
Difícil prever las teorías que brotan y que revisten aspectos prácticos visibles y audibles en la cabeza de un loco. Sus alucinaciones consiguen liberarlo de todo lo que cierra el horizonte de los cuerdos. Nadie ha conquistado esa libertad que un alucinado conquista virtualmente para todos.
La praxis alucinatoria de un loco nos ofrece algo quizás más importante que lo revelado en la praxis materialista de un luchador. Quien lucha nos descubre las entrañas del mundo existente, pero sólo quien enloquece consigue mostrarnos el fondo insondable de un mundo que todavía no existe y que tal vez debiera existir.


Acerca del autor: 
David Pavón-Cuéllar  es un filósofo y psicólogo mexicano reconocido por sus recientes investigaciones y publicaciones en la intersección entre el marxismo, la psicología crítica, el análisis del discurso y el psicoanálisis de Jacques Lacan. Autor del libro From the Conscius Interior to an Exterior Uncoscius: Lacan, Discurse Analysis and Social Psychology (2010), en el que recurre a las palabras de un grupo armando mexicano (Ejército Popular Revolucionario), entrevistado por el mismo autor, para ilustrar la aplicación de nociones teóricas lacaniana al análisis del discurso en psicología social. En el prólogo de la obra, Ian Parker la considera como un "indispensable punto de referencia para nuevas generaciones de investigadores" en métodos cualitativos. Su más reciente libro es "Elementos Políticos del Marxismo Lacaniano" (2014).  Es profesor Investigador de la Facultad de Psicología de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Doctor en Psicología por la Universidad de Santiago de Compostela. Maestro en Filosofía por la Universidad de Oporto, en Psicoanálisis por la Universidad de París 8 y en Psicología Social por la Universidad de Santiago de Compostela. Licenciado en Psicología por la Universidad de las Américas. Perfil PROMEP y SNI nivel 1. 


Si quieres escuchar gran parte de la ponencia y lo que sucedió en la 1ª Jornada sobre Locura y Creación, aquí te dejamos este video resumen de la Jornada:


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miércoles, 24 de septiembre de 2014

ARCO IRIS EN LA NOCHE - Édgar Omar Avilés


ARCO IRIS EN LA NOCHE
Édgar Omar Avilés


—¡Extra, extra, Dios ha muerto, Dios ha muerto! —gritaba con voz ahogada el viejecillo alemán que había llegado a extinguir sus últimos años al asilo municipal. Para ganarse unos centavos, hizo trato con el dueño de un puesto de revistas para ofrecer en el asilo los periódicos que no se le vendieran por la mañana.
Mi amigo y yo detuvimos nuestros pasos para comprar un ejemplar. Tomamos un respiro hondo. Cuando saqué de la bolsa de mi pantalón un par de monedas, la foto de Marianela salió junto con ellas. Suspiré al recordar lo buena y lo bella que fue antes de que el cáncer la convirtiera en todo aquello que no debe ser la vida. Le di un beso y con mucho cuidado la volví a meter al saquito de franela que usaba por cartera.
Ya sentados en una desvencijada banca del jardín del asilo, acomodamos los bastones y me coloqué los lentes. Uno de los cristales se había estrellado días atrás, pero aún me era posible leer las letras grandes. Las palomas, siempre gordas como pollos, comían de los granos que algún otro les había aventado.
—Me da gusto, tenía siglos enfermo. Creo que por eso no había podido hacer nada por la humanidad desde hacía tanto —le dije a mi amigo con mucha seguridad. Como pueden suponer, en realidad el periódico no hablaba de eso. El alemán siempre inventaba titulares.
—Morir es bueno. Quizás en el Otro Mundo yo recupere la vista…
—Sí, es posible… —hice un silencio para tragar saliva—. En la nota dice que por eso últimamente los truenos de las tormentas se escuchaban cada vez más terribles. Eran los gritos de dolor del pobre de Dios.
Mi amigo ya no recordaba su nombre, ni si tuvo alguna vez algún familiar. Platicarle las noticias de ocho columnas inventadas por el alemán era mi forma de regalarle y regalarme un poco de magia entre tanta realidad.
Hacía meses que no llovía. Creo que se hablaba de una sequía planetaria producto de algunos abusos de la humanidad. Continuando con uno de los titulares inventados del alemán, en varias ocasiones aproveché para contarle de lluvias torrenciales y de truenos tremendos mientras estábamos resguardados en el bunker, protegiéndonos de los bombardeos. Afortunadamente para él, además de ciego, había perdido mucho de sus capacidades mentales. En realidad, la mitad de los viejos del asilo estaban ya bastante locos.
—Al final de la nota dice que ahora Dios es un fantasma. Que no puede hacer nada por el mundo real, pero ahora es todopoderoso en el mundo de los sueños —la luz del ocaso hechizaba con sombras gigantes todo el asilo.
Se quedó con la boca abierta, como imaginando algo hermoso. Luego sacó un par de paletas de azúcar quemada y me ofreció una. La acepté con mucho gusto. Mientras saboreábamos nuestras paletas, se deslizó un silencio como hojarasca, que aprovechamos para disfrutar los aleteos de lechuzas y los chillidos de ratas que el viento resoplaba. Miré el reloj. Ya era muy noche. Faltaba poco para que la enfermera, enojada, viniera por nosotros si no regresábamos por nuestra propia cuenta. Estaba por indicarle que ya nos retiráramos, cuando señaló algo:
—Mira, mira… —dijo. Yo seguí su dedo hasta dar con un arco iris que nacía bajo una Luna casi llena. Los viejecitos salían de todas partes para bañarse con aquella luz, brincando con fuerzas nuevas, con pieles planchadas y pantaloncillos cortos.
—¿Pero qué demonios sucede…? —pregunté en un balbuceo.
—Quizás, Édgar querido, llegaste al estado de locura de los otros viejos del asilo —me dijo Marianela que ahora estaba a mi lado. Sin comprender su presencia ni nada de lo que estaba pasando, la abracé sollozando, sintiendo entre miedo y alegría.
Tras un par de minutos, casi por instinto regresé la mirada al periódico. Me acomodé los lentes y me dispuse a leer aunque las letras no fueran muy grandes, pues en los verdaderos titulares informaban que un avión había lanzado bombas y metralla en un asilo. Pero ella me pidió con la mirada que no lo hiciera.
—Tienes razón: no vale la pena saber si ese asilo es o no es éste… —dije apretándole la mano.
—O quizás ahora estás dormido o eso que has llamado vida era el sueño de otra cosa, y entonces el fantasma de Dios… —me respondió sonriendo. Completó la frase con sus ojos iluminados de Luna.

—¿Sabes?, no hay nada más hermoso que un arco iris en la noche —susurré mientras me abrazaba con ternura.



Acerca del autor:

Édgar Omar Avilés (Morelia, Michoacán, 1980) es autor de los libros de cuentos No respiramos: Inflamos Fantasmas (Posdata Editores/INBA, 2014), Cabalgata en Duermevela (Tierra Adentro, 2011. Premio Nacional de Cuento Joven Comala); Luna Cinema (Tierra Adentro, 2010. Premio Nacional de Cuento de Bellas Artes San Luís Potosí); Embrujadero (Secum, 2010. Premio Michoacán de Libro de Cuento Xavier Vargas Pardo); La Noche es Luz de un Sol Negro (Ficticia, 2007. Mención  honorífica en el Premio Nacional de Libro de Cuento Agustín Yáñez). De la novela Guiichi (Progreso, 2008). y del libro de ensayo La VALÍStica de la realidad (Secum, 2012; Premio Michoacán de Ensayo María Zambrano). Es antologador de Antes de que las letras se conviertan en arañas (IMC, 2006) y Bella y brutal urbe (Resistencia, 2013). Es licenciado en comunicación por la UAM y maestro en Filosofía de la Cultura por la UMSNH.



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